Necesidad actual de la formación permanente


La formación permanente es una exigencia, que nace y se desarrolla a partir de la recepción del sacramento del Orden, con el cual el sacerdote no es sólo « consagrado » por el Padre, « enviado » por el Hijo, sino también « animado » por el Espíritu Santo. Esta exigencia, por tanto, surge de la gracia, que libera una fuerza sobrenatural, destinada a asimilar progresivamente y de modo siempre más amplio y profundo toda la vida y la acción del presbítero en la fidelidad al don recibido: « Te recuerdo — escribe S. Pablo a Timoteo — de reavivar el don de Dios, que está en ti » (2 Tim 1, 6). Se trata de una necesidad intrínseca al mismo don divino,(226) que debe ser continuamente « vivificado » para que el presbítero pueda responder adecuadamente a su vocación. Él, en cuanto hombre situado históricamente, tiene necesidad de perfeccionarse en todos los aspectos de su existencia humana y espiritual para poder alcanzar aquella conformación con Cristo, que es el principio unificador de todas las cosas.


Las rápidas y difundidas transformaciones y un tejido social frecuentemente secularizado, típicos del mundo contemporáneo, son otros factores, que hacen absolutamente ineludible el deber del presbítero de estar adecuadamente preparado, para no perder la propia identidad y para responder a las necesidades de la nueva evangelización. A este grave deber corresponde un preciso derecho de parte de los fieles, sobre los cuales recaen positivamente los efectos de la buena formación y de la santidad de los sacerdotes.

DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO Y LA VIDA
DE LOS PRESBITEROS. 69

 

“¡Tarde te hallé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te hallé!.  Yo buscando lejos y tú cerca.  Yo buscándote fuera y tu tan dentro de mí” y exclamará más adelante “Busquemos como buscan los que están encontrando y encontremos como encuentran los que aún han de buscar, porque escrito está que el hombre que ha terminado no ha hecho sino comenzar”

San Agustín

De la cruz a la luz

 

La vida espiritual del sacerdote y su ministerio pastoral van unidos a aquel continuo trabajo sobre sí mismos, que permite profundizar y recoger en armónica síntesis tanto la formación espiritual, como la humana, intelectual y pastoral. Este trabajo, que se debe iniciar desde el tiempo del seminario, debe ser favorecido por los Obispos a todos los niveles: nacional, regional y, principalmente, diocesano.
Es motivo de alegría constatar que son ya muchas las Diócesis y las Conferencias Episcopales actualmente empeñadas en prometedoras iniciativas para dar una verdadera formación permanente a los propios sacerdotes. Es de desear que todas las Diócesis puedan dar respuesta a esta necesidad. De todos modos, donde esto no fuera momentáneamente posible, es aconsejable que ellas se pongan de acuerdo entre sí, o tomen contacto con instituciones o personas especialmente preparadas para desempeñar una tarea tan delicada.

La formación permanente es un medio necesario para que el presbítero de hoy alcance el fin de su
vocación, que es el servicio de Dios y de su Pueblo.
Esta formación consiste, en la práctica, en ayudar a todos los sacerdotes a dar una respuesta generosa en el empeño requerido por la dignidad y responsabilidad, que Dios les ha confiado por medio del sacramento del Orden; en cuidar, defender y desarrollar su específica identidad y vocación; en santificarse a sí mismos y a los demás mediante el ejercicio del ministerio.
Esto significa que el presbítero debe evitar toda forma de dualismo entre espiritualidad y ministerio,
origen profundo de ciertas crisis.
Está claro que para alcanzar estos fines de orden sobrenatural, deben ser descubiertos y analizados los criterios generales sobre los que se debe estructurar la formación permanente de los presbíteros. Tales criterios o principios generales de organización deben ser pensados a partir de la finalidad, que se han propuesto o, mejor dicho, deben ser buscados en ella.

DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO Y LA VIDA
DE LOS PRESBITEROS.71

DOCUMENTOS DE INTERES

DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO y la vida de los presbiteros

 

sU SANTIDAD BENEDICTO xvi y el sacerdocio